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 Columna escrita en ESPN Por Doug Glanville

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PostSubject: Columna escrita en ESPN Por Doug Glanville   Sat Mar 25, 2017 7:13 pm

Por Doug Glanville

Dejen que Puerto Rico celebre


Tuve la buena suerte de jugar por dos temporadas en la pelota invernal de Puerto Rico con los Indios de Mayagüez. Puse buenos números. Gané un premio al Jugador Más Valioso, estuve en dos Juegos de Estrellas, fui parte de un equipo campeón, e incluso estuve en el equipo que le ganó al “Dream Team” de 1995. Hasta me gané el premio al hombre más veloz. Sin duda fue un punto clave para mi carrera. Llegué ahí como un prospecto cuya promesa se desvanecía. Y regresé a casa proveniente de Puerto Rico como alguien que podía jugar a diario en Grandes Ligas.

Pero los números no eran lo más importante.

Me han preocupado las críticas hechas al equipo puertorriqueño en el Clásico Mundial de Béisbol, acusándolos de celebraciones excesivas e incluso prematuras. Más preocupante aún es la idea que los jóvenes peloteros no deberían tomar a los jugadores boricuas como modelo. Por ende, permítanme por favor compartir unas ideas como alguien que, con agradecimiento, jugó por dos años en Puerto Rico como importado.

Sería muy simplista tratar de reducir las emociones a una serie de reglas, sobre todo si no has caminado en los zapatos del otro. Tuve una buena carrera en Grandes Ligas y apoyo el tener límites de respeto por tu oponente y por este deporte. Eso lo puedo comprender. Sin importar cuán expresiva pueda ser una cultura, hay líneas dentro de esa cultura que delimitan lo que es el respeto y el honor. El béisbol de Grandes Ligas se supone debe ser una fusión de culturas y el Clásico Mundial de Béisbol es un evento en el que cada cultura comparte de forma honesta su sabor con el mundo. Después de todo, están jugando para sus países.

Cuando el cerrador de Puerto Rico, Edwin Díaz, le hizo un lanzamiento cerca de la cabeza a la estrella del equipo de Países Bajos, Wladimir Balentien, este se molestó muchísimo. Lo más probable es que haya visto ese pitcheo como represalia por todo el daño que le había infringido a los boricuas ofensivamente. Pero fue el puertorriqueño Yadier Molina quien lo calmó, asegurándole que no había sido intencional. Molina mostró ahí que tenía reglas, honor y respeto. Pero cuando llegaba el momento de expresar alegría por las muchas jugadas grandes que ejecutó para Puerto Rico en el torneo, Molina saltaba como un joven emocionado. El receptor boricua llevó sus emociones a flor de piel en los buenos momentos y también en los malos.

Cuando juegas para un equipo que realmente se convierte en familia, uno que no está circunscrito a un contrato o a la historia de una organización, sino por la cultura, por las amistades de niñez o por un legado, las rivalidades son más intensas y los significados son distintos. En mis años en Puerto Rico aprendí muy rápidamente que no solo jugaba para los Indios de Mayagüez, sino para todos los que amaban el béisbol en el país y querían que fuese celebrado. Incluso sentí que tenía que representar a mis oponentes ya que todos parecían conocerse muy bien, sin importar los clubes con los cuales jugaban. Era como jugar contra tu hermano. Quieres ganar, quieres tener derecho a presumir lo que hiciste, pero al final, se abrazan, cenan juntos y se van a casa, juntos.

Mi actuación en Puerto Rico estuvo al más alto nivel. Regresé con muchos trofeos. Pero esos premios no fueron el mejor obsequio. El verdadero regalo vino cuando la gente me hizo sentir que pertenecía a aquel lugar. Se me dio la bienvenida como hijo, una relación que no fue marcada simplemente por mi raza o mi color. Son conexiones que duran hasta el día de hoy. Recuerdo haber regresado años después de haber ganado el campeonato y haber visto los mismos fanáticos en el partido, saludándome como si el tiempo no hubiese transcurrido. Es algo que todos deseamos, el ser recordados, el poder encontrar un espacio en el que sientes que los mejores momentos se mantienen congelados y no se pierden.

Siempre he amado al béisbol desde el momento que mi hermano me lo enseñó. Es un deporte que me ha dado tanto. El poder cumplir un sueño, el honor de competir con los mejores, el poder de hacer historia, las recompensas financieras por haberlo jugado por tanto tiempo, la lista sigue y sigue. Pero mi tiempo en Puerto Rico fue singular. Me sentí realmente querido allá, más allá de los números, más allá del uniforme, más allá de mi identidad, quizás los boricuas lo puedan explicar mucho mejor que yo, pero imagino tiene que ver con el hecho de darlo todo para representar su equipo, su ciudad, su país y ser uno junto a la familia puertorriqueña. Caminé por las calles de Joyuda, bailé al ritmo de la Puerto Rican Power y Jailene Cintrón durante la celebración del campeonato, brinqué con la música de Johnny Rivera, Marc Anthony y El Topo, amé la comida y por supuesto, el coquito, derramé una lágrima cuando la inspiración más grande de Mayagüez, El Indio, se retiró. Fue un hogar. Fue una lección de pensar en colectivo y no en primera persona; y por ello, les debo todo.

Han pasado poco más de 20 años desde la primera vez que llegué a Puerto Rico. Mis amistades permanecen. En mi última visita hace un par de años, me apresuré a ver tres personas con los cuales no me había encontrado en años y no hablamos de los trofeos de Más Valioso, sino que hablamos de nuestras familias, de momentos fuera del terreno, hablamos del viaje hacia los partidos escuchando al Grupo Manía, nos preocupábamos de la crisis de las hipotecas, nos preguntábamos por nuestros padres o discutíamos con respecto al hecho que el béisbol necesita un impulso en Puerto Rico.

Durante mi época allá, fui adoptado por familias, invitado a los hogares de extraños, hice amistades duraderas, incluso me gané una maravillosa familia con una adorable señora a quien llamo 'abuelita'.

Así que, dejen que el equipo de Puerto Rico celebre. La situación en Puerto Rico es muy difícil. Fue bueno ver a los Estados Unidos poder aglutinar un equipo para ganar el Clásico Mundial de Béisbol. Son un equipo talentoso de peloteros que posiblemente no jueguen juntos otra vez. Es un momento mágico, sin duda, pero a fin de poder entender a Puerto Rico, debemos recordar que su equipo estuvo armado mucho antes del Clásico Mundial y se mantendrá armado por mucho tiempo así. Su intimidad no es temporal, las relaciones interpersonales permanecerán mucho después de los resultados finales. Tienen vidas familiares interconectadas por este deporte en su patria y cuando compite tu familia no solo arrojas champaña, sino que bailas y tienes que bailar con todos quienes lo hicieron posible. Ganes o pierdas.

Esa es una lección maravillosa para nuestros hijos, así que me muestro agradecido de permitirle a Puerto Rico enseñarle a mis hijos como bailar, no solos en una habitación, sino con su familia completa y quizás, un día, con todo un país.

No importa se haya ganado o se haya perdido.
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